domingo 21 de junio de 2009

"Hay un momento en la educación de cada hombre en que éste adquiere la convicción de que la envidia es ignorancia; que la imitación es suicidio; que debe atenerse, para bien o para mal, a lo que le toca; que aunque el inteligente universo esté lleno de bienes, no conseguirá ni un grano del alimenticio maíz sino a fuerza de los sudores con los que los riega la tierra que le toca cultivar. La fuerza que en él reside es de una naturaleza nueva, y nadie sino él sabe qué es lo que puede hacer, ni lo sabe siquiera hasta que lo intenta." Esto es una cita que tenía guardada en un papel ya amarillento junto a otras que me daba por coleccionar y que en una limpieza de escritorio ha salido a la luz. Es de un tal Ralph Waldo Emerson de su ensayo Autoconfianza.

El otro día tomé una gran decisión en mi trabajo: ¡Se acabó el ser una hermanita de la caridad! No se trata de renunciar a ser bueno y dejar de ayudar a la gente en todo lo posible dentro de mis competencias, pero no debo seguir incidiendo en la posición de altruismo extremo en la que estaba ubicado. Esta determinación no llega por la conciencia de que tras la generosidad se esconde una baja autoestima que se alimenta del agradecimiento externo, porque de todos es sabido que en el altruismo hay más una función egoísta por parte del que da que de la pretensión de lo dado. No, no se trata de eso, porque aún estando mal enfocado no lo considero excesivamente nocivo, sino de que no se puede jugar un papel tan influyente en la vida de los demás sin que estos soliciten tal ayuda.

Mi excusa, hasta ahora, era que las personas que se acercan por donde trabajo desconocen todo el enmarañado legal. En realidad es así y alguien que vaya a preguntar por si tengo algo para él o ella se puede llevar la sorpresa de que buceando por aquí o por allá encontramos algo. Ante tal avalancha de información que manejo me he ido convirtiendo en un pequeño angelito benefactor que enseguida se pone alerta cuando encuentra a una víctima propiciatoria (que ni siquiera viene para mí, ni pretende recibir ningún ingreso) para llevar a cabo mi pequeño proceso de beatificación. Hasta tal punto llego, que a veces después de investigar sin que ellos se percaten les he llamado a casa porque he visto algo para ellos. Sí, lo sé, sé que no es algo malo lo que hago, ni aunque el propósito esté más en mí que en quien ayudo, pero la cita del primer párrafo también es esclarecedora: todo el mundo tiene que buscarse su propio maíz, necesita sudar el máximo para comprender su fuerza y la naturaleza de la que está hecho.

Las cosas conseguidas no tienen valor y menos cuando son regaladas. Es el esfuerzo el potenciador de nuestra existencia como personas, el que genera plenitud. Ahora bien, esto es muy bonito decirlo, pero ¿qué les sucede a los timoratos? El miedo a trabajar la tierra por temor a que no salga el fruto deseado. Yo no tengo que ir detrás de las personas para decirles ‘oye, déjame un momento tu carné a ver si te puedo dar algo’ Tiene que ser él, el que se haga valer, el que demuestre su ignorancia si le parece un mundo incomprensible lo que manejo, el que pida ayuda y si hace falta de manera obsesiva o suplicante. Lo que no puedo hacer es arar su campo. Como ellos, soy yo y la mayoría de los timoratos, no sólo nos debemos de preocupar por conocer nuestros límites luchando al máximo, sino que además debemos estar alerta para que nadie nos quite la posibilidad (cuando no se lo solicitamos) de conseguir lo que es nuestro a base de nuestro pundonor, porque necesitamos saber hasta dónde podemos llegar aunque sea menos de lo imaginado.

martes 9 de junio de 2009

Sí, me gusta una chica. El motivo de que apenas escriba no es eso sino la falta de ideas y, las que surgen, reiteran pensamientos ya tratados. Sí, me gusta bastante. No tengo la sensación de embobamiento que tuve otras veces porque se ha instaurado un pesimismo inicial al pensar que nada puede salir en claro de todo esto, por lo que no se trata de un gesto de madurez. La conocí en un curso relacionado con el trabajo. Aunque seamos compañeros del mismo gremio no compartimos lugar de trabajo, ella vive en mi ciudad pero no es de aquí y yo soy de aquí pero no trabajo aquí. Durante el breve conocimiento presencial sí noté algo de cercanía en nuestras breves conversaciones, llamarlo química sería exagerado. De la manera más inocente conseguí su correo electrónico para mandarle algo relacionado con el curro y, a partir de aquí, ha servido para mantener una correspondencia casi diaria charlando principalmente sobre aspectos del trabajo y muy poco sobre aspectos personales, insustanciales en su mayor parte.

Por su aspecto sencillo y discreto aunque coqueta, maneras de buena gente y, encima, está buenorra, tanto que -como buen timorato- tengo la sensación de que me queda grande, le metí una tarascada en un email comentándole que si le hacía un día podíamos quedar. No reaccionó y los subsiguientes contactos electrónicos siguieron la tónica neutra, asépticos pero relativamente largos que no me cuadran con simples buenas maneras, por lo que noto también algo. Otro día me animé y le di un telefonazo a su curro (no tengo aún su movil, ella sí el mío) y hacía tanto (¿dos semanas?) desde que nos vimos la última vez que me costaba reconocer la voz. Con el tema del trabajo (que da para hablar mucho, dicho sea de paso) me encontré confiado porque volví a notar afinidad, pero no me encontraba del todo relajado porque en mi mente estaba pensando en repetir la tarascada. Lo hice y volví a la situación anterior donde empecé: no hubo respuesta. Tras una ligera desazón que debo reconocer que con un fondo de placidez por el miedo a enfrentarme a una posible relación, empecé a dar marcha atrás a todas las elucubraciones a la que son muy dadas mi mente de por sí imaginativa por lo poco experimentada y, pensé, que ella tendría ya su vida hecha con otra persona. Un fin de semana desovillando entelequias pensaba que sería suficiente para volver al recogimiento de la mediocridad, pero llegado el lunes (éste no, el anterior) allí de nuevo me esperaba un nuevo correo en mi bandeja de entrada. Así seguimos día tras día. No sé qué ni en qué lugar del proceso estoy -si es que hay un proceso de algo-, ni qué debo hacer, ni cómo reaccionar o, simplemente, esperar y dejar al tiempo tiempo.

martes 26 de mayo de 2009

Una de mis teorías es la del investimiento. Esta originalísma teoría surgió ante la suposición de que si a un equipo de fútbol de un determinado calibre, ya sea club grande o pequeño, se le vistiera con la equipación de un equipo antagónico a su presupuesto, los resultados variarían de tal modo que daría casi un vuelco a la clasificación. Por lo tanto, quiero creer que si a los mismos futbolistas que juegan en el Barcelona o en Real Madrid los cambiasen, haciéndoles perder la conciencia de lo que fueron, al Numancia o el Recreativo los resultados, aunque tal vez hiciesen buena campaña desde el punto de vista de la modesta entidad en la que juegan, serían mediocres sí se esperase de ellos los logros de los equipos grandes y, viceversa, si los jugadores del Numancia o el Almería vistiesen camisetas galácticas y jugasen en megaestadios, pueden que no fuesen capaz de ganar la liga pero estarían luchando en los puestos de arriba y no como ahora que ya han descendido.

Esto del investimiento es lo mismo que decir que estamos predestinados por las expectativas creadas y que asumimos. Ya sea por causa externa o interna, seguimos unas directrices interiorizadas por nosotros mismos de las que tenemos muchas dificultades para desprendernos. Quitarnos el pesado ropaje que nos atenaza no es fácil, pero hay que tener claro que no siempre nuestra disposición a representar un determinado papel es el de mero figurante, porque, en cierto modo, jugamos a muchos personajes dentro de un determinado contexto. Es verdad que los timoratos sufren bastante por no salir en los títulos de crédito de la mayoría de las relaciones sociales pero no siempre es así. El personaje nerviosillo que aparece en mí cuando me rodeo de mis jefazos y que tiene la voz ahogada no es el mismo que cuando me junto con mis compañeros de trabajo y suelta ocurrencias. Si, según mi teoría, asumiera un nuevo papel en estos casos en los que me muestro más inseguro, estoy convencido que esta nueva equipación, al igual que en el ejemplo del balompié, me permitiría desprenderme de todos mis miedos.

El problema está en que el ejemplo que he utilizado para exponer la teoría la baso en un colectivo y aquí el individuo, desde el gregarismo, se puede creer lo que no es o empezarse a creer lo que creía que no era por el apoyo de los demás que están en el mismo barco. Nosotros, desde la solitaria individualidad, sólo nos queda comprender quién nos ha hecho (la sociedad, el barrio, la familia) para comprendernos porque somos así, qué estamos haciendo cuando somos y qué queremos ser. Una vez determinado el propósito de ser uno mismo, sólo nos quedará la satisfacción de contemplar en la película de nuestra vida que somos el actor principal.

domingo 29 de marzo de 2009

Un profesor me dijo que si los sabios de la antigüedad estuviesen en esta época quedarían estupefactos por los avances tecnológicos que hemos logrado, pero que si se dedicarán a investigar sobre las cuestiones trascendentales que les preocupaban, quedarían decepcionados por el poco avance que ha habido. No hemos cambiado mucho desde entonces, tanto en una época como en otra siempre ha sucedido lo mismo: la búsqueda de la verdad se ha tenido que enfrentar al prejuicio y a la manipulación en aras del intereses material. La historia se repite -o continua-, Sócrates se las tenía con los sofistas, que eran una especie de lo que ahora son los coachs personales, dedicados más bien a sacar partido a la vida con una visión práctica de la existencia.

En realidad no estoy en contra de ello, a mí me falta (por falta de carácter) un tutor personalizado para sacar todo el jugo a la vida, por lo que no veo mal el tener un sentido práctico aunque sea a costa de realizar proyectos 'verdaderamente' cuestionables por no tener un sentido último y elevado. En los momentos de crisis, donde lo único que hago es tener la mente en stand-by y donde ya no me quedan recursos para vaguear más, he salido de ellas tras ponerme en serio conmigo mismo y decirme que haga lo más básico y urgente. Con esto, vengo a resaltar que no se trata de que tenga que optar por una forma de ser u otra (idealista vs. pragmático), sino que todo reside en una mala organización de los proyectos que están en mente y que siempre quedan postergados. Tal vez (casi seguro) haya miedo en ser lo quiero ser. Realizar el esfuerzo de llevar a cabo aquello que forma parte del sentir de uno mismo (los ideales) requiere valor.

No quería centrar esta entrada en el ámbito personal. Cuando dije que la verdad queda supeditada por el prejuicio, la falsedad o la manipulación, me refería a la imposibilidad de hacer valer el espíritu crítico. Todo lo que quiero contar se ve muy bien en los debates políticos que realizan muchos tertulianos (mayoría periodistas) en diversos medios, donde es rarísimo encontrar alguna persona que dé una opinión con sentido común, capaz de escrutar si su propio pensamiento es verdadero y, lo más importante, no dando valor absoluto a lo que el mismo pueda creer. Si ellos no son capaces de decir la verdad por torciteros, tampoco sus oyentes o lectores son capaces de discernirla porque sólo desean escuchar o leer aquello ya está previamente establecido en su manera de pensar: "leo u oígo tal medio para saber qué tengo que pensar". Incluso la Univesidad, donde se supone que la búsqueda de la verdad es el objetivo último, he visto a Catedráticos o profesores verter opiniones supuestamente fundamentadas en el método científico que se ven a la legua que están condicionadas por una forma de pensar anterior.

No me puedo aguantar más: en mí rebosa la verdad. Esto que digo y que suena como si fuese un profeta me lo creo; porque siempre, en cualquier conversación, intento dejar mis prejuicios a un lado, cuando no soy consciente de ello y me lo echan en cara rectifico, si me equivoco doy la razón y, sin ninguna duda, siempre dudo de las conclusiones a las que llego. A veces tener tanto sentido común o sentido crítico me acarrea que no sea considerado un buen conversador porque pocos están dispuestos a cuestionarse sus propias ideas. Por eso, aunque nos haga libres, luchar por la verdad da pereza y también miedo, más de lo que pueda suponer conocer la verdad.

jueves 5 de febrero de 2009

No siento una especial animadversión por el sentido de la propiedad, pero sí un cierto desapego a una manera de cómo algunos entienden lo ajeno apropiado. En los inicios de este pensamiento podría haber algo de la época revolucionaria de un adolescente iletrado, pero mucho de esto tiene su origen en supuestos principios igualitarios más propios de un cristianismo bienintencionado que de ciertas corrientes filosóficas mal asimiladas.

Señalándome a mí mismo como sospechoso propietario (con una cuenta vivienda), mi crítica a esta situación no se centra en si el mundo es desigual e injusto con el fin de llevar a cabo -meditante revoluciones- la consecución práctica de ciertas ideologías. No, no voy por ahí; adonde quiero ir a parar es a lo que más detesto de la propiedad: el sentido último que se hace de ella en determinadas circunstancias. No se trata de la propiedad en sí misma, ni de que la gente tenga posesiones básicas y funcionales, porque no discuto que uno puede tener lo que quiera en su justa medida. Lo que desprecio es la visión de que algunos valoren más el tener que el disfrutar lo tenido. Me refiero al acopio del objeto que no tiene como fin el disfrute que genera lo poseído, sino que la mera posesión es, en sí misma, lo que genera placer.

Todo esto que cuento se ve muy bien con el ejemplo del típico avaro que la literatura ha descrito tan bien: lo que le hacía feliz era tener las manos llenas de monedas y darles cualquier tipo de uso le causaba desasosiego, a no ser que tuviese la oportunidad de obtener más caudales ejerciendo de prestamista. El personaje de Harpagón es demasiado radical y oculta una realidad parecida: se puede gastar y ser avaro. Qué sentido tiene acaparar la compra de un montón de libros, de música, que quedan muertos en la estantería y de coleccionar objetos inútiles que no eres capaz de poder disfrutar porque no tienes tanta vida para poder con todo ello y, luego, racanear el disfrute de una buena cena y de todas aquellas cosas efímeras, finitas y verdaderas que dan sentido a la vida. Alguien me diría que compra esas cosas u otras porque le supone un disfrute, pero éste es por ¿darle uso o para tenerlo? No se trata de comprar la vida sino de gastarla para, justamente, apropiarse de ella hasta donde nos deje.

Resulta difícil distinguir cuál es la esencia de aquello que nos agenciamos. Llegado a este punto, me pregunto: ¿El blog es un espacio para disfrutar o una mera posesión?

lunes 12 de enero de 2009

No tengo muchas ganas de escribir. A veces, a pesar de las ideas que me surgen, pensar en plasmarlas me pone mal estómago, pero no por pereza (que también) sino por un “aquí estoy yo otra vez soltando chorraditas y perdiendo el tiempo”. La razón por la que no tengo valor para dar carpetazo y cerrar el chiringuito es por vanidad al pensar que he escrito cosas interesantes; además, tampoco quiero dejarme llevar por esta desidia momentánea porque al ser de naturaleza rimbombante sé que tendré subidones donde estaré más desatado. Ahora, el día 18 de enero, cumpliré dos años con el blog y tampoco me he puesto muy en serio sobre qué ha significado para mí y para qué me ha servido. La cosa empezó por el nudo en el estómago por el nuevo trabajo que se avecinaba y que en ciertas temporadas resurge (como ahora). La búsqueda en internet sobre el miedo me llevó a sitios y blogs que me dieron la idea de crear uno para mí, aunque no fue el primero porque tuve uno que trataba más sobre temas sociopolíticos (a los que fui muy forero), que no duró un mes y del que resctaté una entrada para éste.

En lo que más pienso con el aniversario es en las ganas de hacer limpieza de muchas entradas que no me hacen sentir cómodo: las que hablo de una manera más íntima sobre mis vivencias e implico a terceros cercanos. Me encuentro más cómodo en pensamientos generales y abstractos donde puedo dar rienda suelta a divagaciones insustanciales (pajas mentales). El blog, dentro de lo que cabe, no ha ido mal. Al principio temía mucho la crítica (como buen melindroso de poca autoestima) o que la gente cercana pudiera dar con él, por lo que lo diseñé de tal manera que su lectura fuese difícil: letra pequeña grisácea, amplios párrafos, sin imágenes y escritura rebuscada. Poco ha cambiado desde entonces, sólo las imágenes (con bastante éxito), quité los horribles bordes del encabezado y conseguí a costa de un riñón poner el favicon que aparece y desaparece como el Guadiana. Tengo un grupito muy reducido de incondicionales que son prácticamente las únicas visitas, exceptuando los que caen por aquí buscando cosas como: “si me quiere porque me esquiba (sic) la mirada”; me menearon una entrada y no he recibido comentarios del tipo "folla más (?) y deja de decir tantas tonterías".

¿Hasta dónde llegaré con esto? No lo sé ¿Para qué sirve? Simple vanidad, no hay otro motivo. Incluso, se podría decir que a pesar de que la temática gira entorno al miedo interiorizado del timorato ante la vida, el blog no supone una recapacitación, una ayuda o un bálsamo, sino que apuntala más esta debilidad porque con la vanidad uno lo pierde todo. Bueno, de momento lo dejo porque no tengo muchas ganas de escribir.

lunes 22 de diciembre de 2008

El planeta imaginario fue un programa de televisión que siempre lo recordaré con mucha nostalgia. Cuando se emitió era un imberbe que, aunque ya me hacía pajas, tenía todavía más de niño que de joven, no como ahora que a esa edad follan como conejos y se emborrachan hasta el coma etílico. La valentía que había en esos años en hacer algo diferente y de calidad será muy difícil que se repita. La versión de la sintonía del Arabesque de Debussy por Isao Tomita se me incrustó de tal manera que muchos años después la seguía tatareando. Lo curioso es que este programa, a pesar de estar más enfocado a niños e impúberes, se me quedaba grande a pesar de que ya tenía cierta edad para comprender el absurdo. En la calle donde dedicábamos la práctica totalidad del tiempo a jugar al fútbol sin hacer caso a las niñas que nos sacaban la cabeza, el espacio tampoco era muy del gusto de la chiquellería que lo consideraba raro. Precisamente esta era la causa que me atraía: lo miraba pero no comprendía lo que pasaba, no entenía un carajo pero sabía que era algo bueno. Mi vida ha sido un poco esa sensación, como vivir en dos mundos: en el que estoy y no me hallo y en el que quería estar y no comprendo. La imagen tiene un enlace del programa.