"Hay un momento en la educación de cada hombre en que éste adquiere la convicción de que la envidia es ignorancia; que la imitación es suicidio; que debe atenerse, para bien o para mal, a lo que le toca; que aunque el inteligente universo esté lleno de bienes, no conseguirá ni un grano del alimenticio maíz sino a fuerza de los sudores con los que los riega la tierra que le toca cultivar. La fuerza que en él reside es de una naturaleza nueva, y nadie sino él sabe qué es lo que puede hacer, ni lo sabe siquiera hasta que lo intenta." Esto es una cita que tenía guardada en un papel ya amarillento junto a otras que me daba por coleccionar y que en una limpieza de escritorio ha salido a la luz. Es de un tal Ralph Waldo Emerson de su ensayo Autoconfianza.
El otro día tomé una gran decisión en mi trabajo: ¡Se acabó el ser una hermanita de la caridad! No se trata de renunciar a ser bueno y dejar de ayudar a la gente en todo lo posible dentro de mis competencias, pero no debo seguir incidiendo en la posición de altruismo extremo en la que estaba ubicado. Esta determinación no llega por la conciencia de que tras la generosidad se esconde una baja autoestima que se alimenta del agradecimiento externo, porque de todos es sabido que en el altruismo hay más una función egoísta por parte del que da que de la pretensión de lo dado. No, no se trata de eso, porque aún estando mal enfocado no lo considero excesivamente nocivo, sino de que no se puede jugar un papel tan influyente en la vida de los demás sin que estos soliciten tal ayuda.Mi excusa, hasta ahora, era que las personas que se acercan por donde trabajo desconocen todo el enmarañado legal. En realidad es así y alguien que vaya a preguntar por si tengo algo para él o ella se puede llevar la sorpresa de que buceando por aquí o por allá encontramos algo. Ante tal avalancha de información que manejo me he ido convirtiendo en un pequeño angelito benefactor que enseguida se pone alerta cuando encuentra a una víctima propiciatoria (que ni siquiera viene para mí, ni pretende recibir ningún ingreso) para llevar a cabo mi pequeño proceso de beatificación. Hasta tal punto llego, que a veces después de investigar sin que ellos se percaten les he llamado a casa porque he visto algo para ellos. Sí, lo sé, sé que no es algo malo lo que hago, ni aunque el propósito esté más en mí que en quien ayudo, pero la cita del primer párrafo también es esclarecedora: todo el mundo tiene que buscarse su propio maíz, necesita sudar el máximo para comprender su fuerza y la naturaleza de la que está hecho.
Las cosas conseguidas no tienen valor y menos cuando son regaladas. Es el esfuerzo el potenciador de nuestra existencia como personas, el que genera plenitud. Ahora bien, esto es muy bonito decirlo, pero ¿qué les sucede a los timoratos? El miedo a trabajar la tierra por temor a que no salga el fruto deseado. Yo no tengo que ir detrás de las personas para decirles ‘oye, déjame un momento tu carné a ver si te puedo dar algo’ Tiene que ser él, el que se haga valer, el que demuestre su ignorancia si le parece un mundo incomprensible lo que manejo, el que pida ayuda y si hace falta de manera obsesiva o suplicante. Lo que no puedo hacer es arar su campo. Como ellos, soy yo y la mayoría de los timoratos, no sólo nos debemos de preocupar por conocer nuestros límites luchando al máximo, sino que además debemos estar alerta para que nadie nos quite la posibilidad (cuando no se lo solicitamos) de conseguir lo que es nuestro a base de nuestro pundonor, porque necesitamos saber hasta dónde podemos llegar aunque sea menos de lo imaginado.





